El filósofo Antonio Caso (1863-1946) encabezó un cuestionamiento filosófico contra el positivismo porfirista en nombre de la revolución mexicana. Le obsesionaba el problema de la falta de unidad cultural y el exceso de imitación. A modo de ilustración, léanse estos dos extractos sacados, el primero del ensayo “El problema de México” (23/12/1923) y el segundo de “México: ¡alas y plomo! (10/02/1924) [citados por Bartra, 2005, 55-61]:
[1.] La democracia plena impone, como necesidad o requisito previo, la unidad racial, el trato humano uniforme; y en México esta uniformidad, esta unidad no ha existido nunca.
Mientras no resolvamos nuestro problema antropológico, racial y espiritual; mientras exista una gran diferencia humana de grupo a grupo social y de individuo a individuo, la democracia mexicana será imperfecta; una de las más imperfectas de la historia. Pero es imbécil decir que no nos hallamos preparados para realizarla por completo, y que, por tanto, debemos optar por otra forma de gobierno diferente.
[2.] México no ha sido un pueblo inventor. Nos referimos, claro está, a la nación mexicana derivada de España y la cultura autóctona; porque, esta última, lejos de significar poco en la evolución social del mundo, es, con la cultura incaica, una de las pocas elaboraciones originales de todos los tiempos.
José Vasconcelos (1881-1959), que ya hemos mencionado más arriba, escribió, en 1925, un importante ensayo -La raza cósmica-, que tendrá gran repercusión intelectual en América Latina, sobre el mestizaje. En este ensayo, el mestizaje, que ya era motivo de exaltación por los positivistas porfirianos y el evolucionismo social, fue llevado a niveles metafísicos y pensado como el nacimiento de una civilización universal capaz de combinar el genio y la sangre de todos los pueblos. El deseo de Vasconcelos de un mestizaje armonioso, presente en los extractos reproducidos a continuación, no deja de ser un sueño utópico en una sociedad estructuralmente racista:
El objeto del continente nuevo y antiguo es mucho más importante. Su predestinación obedece al designio de constituir la cuna de una raza; raza quinta en la que se fundirán todos los pueblos, para reemplazar a las cuatro que aisladamente han venido forjando la Historia. En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se consumará la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes. […] Los pueblos llamados latinos, por haber sido más fieles a su misión divina de América, son los llamados a consumarla. Y tal fidelidad al oculto designio es la garantía de nuestro triunfo.
[…]
Los llamados latinos, tal vez porque desde un principio no son propiamente tales latinos, sino un conglomerado de tipos y razas, persistieron en no tomar muy en cuenta el factor étnico para sus relaciones sexuales. Sean cuales fueren las opiniones que a este respecto se emitan, y aún la repugnancia que el prejuicio nos causa, lo cierto es que se ha producido y se sigue consumando la mezcla de sangres. Y es en esta fusión de estirpes donde debemos buscar el rasgo fundamental de la idiosincrasia iberoamericana.
[…]
El filósofo Samuel Ramos, integrante del grupo de los Contemporáneos, escribe un ensayo, El perfil del hombre y la cultura en México (1934), en el que intenta hacer un diagnóstico de la sociedad mexicana, a partir de las teorizaciones psicoanalíticas freudianas revisitadas por su discípulo disidente Alfred Adler. Observa que los mexicanos sufren un complejo de inferioridad. Analiza tres figuras del ser social mexicano: el pelado (proletario grosero y machista), el mexicano de la ciudad y el burgués mexicano. Retomo, a continuación, unos extractos del ensayo “En torno a las ideas sobre el mexicano” (1951) [reproducidos por Bartra, 2005, 109-120] donde Ramos resume las ideas del ensayo de 1934 y contesta a las críticas que provocaron.
[Desde la revolución] hay una continua afluencia a México de opiniones desfavorables que contribuyen a deprimir el valor de la nacionalidad entre los mismos mexicanos. Como efecto de esta devaluación surge la desconfianza de los mexicanos unos respecto a otros, se debilita su espíritu de solidaridad y de cooperación social y los hombres se sienten atenidos a sus recursos individuales. Por un instinto defensivo natural se tiende a expulsar de la conciencia toda impresión penosa y deprimente, así que el sentimiento de la inferioridad nacional es sumergido en la inconsciencia y los individuos se arreglan para formarse una idea favorable de sí mismos que aunque ilusoria acaba por creerse verdadera, y servir de compensación a las ideas depresivas. Es desde los comienzos de la vida independiente cuando se inicia este proceso íntimo en el alma del mexicano, que se manifiesta exteriormente por un propósito de disimular, encubrir o falsificar, mediante el artificio de imitar modelos europeos.
[…]
Cuando he afirmado que el mexicano padece un complejo de inferioridad, he querido decir que este complejo afecta su conciencia colectiva. Si la conciencia de la nacionalidad se encuentra debilitada por un sentimiento de inferioridad, es natural que por una reacción compensatoria se eleven o exageren los impulsos individuales. En una situación normal las tendencias individualistas son balanceadas por la acción moderadora de los sentimientos colectivos. Pero cuando falta este contrapeso es inexplicable (sic) que el individualismo se exalte desmesuradamente. Por esta misma descompensación se explican toda una gama de rasgos del carácter mexicano muy distintos entre sí y aun contradictorios, pero que tienen como denominador común el ser todos, expresiones de una actitud antisocial. Por ejemplo, la desconfianza, la agresividad, el resentimiento, la timidez, la altanería, el disimulo, etcétera.
En estos fragmentos destacan unos rasgos socio-psicológicos (disimulación, encubrimiento, falsificación, desconfianza) que serán retomados como rasgos ontológicos por el ensayista Octavio Paz, en su famosísimo y repetidamente reeditado ensayo El laberinto de la soledad (1950), en el que el autor sintetiza todas las ideas que se habían elaborado en torno a la identidad nacional del mexicano.
A continuación reproduzco unos extractos significativos de El laberinto de la soledad [Paz, 2004], que seguramente nutrieron las reflexiones sobre México y la mexicanidad desarrolladas por Carlos Fuentes en sus ensayos y primeras novelas. Señalo, entre corchetes, al final de cada uno, las páginas de la edición de 2004 en la que se hallan.
Sobre hermetismo del ser mexicano:
El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en le carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente –y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire- nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. [33]
[…]
Si en la política y el arte el mexicano aspira a crear mundos cerrados, en la esfera de la relaciones cotidianas procura que imperen el pudor, el recato y la reserva ceremoniosa. El pudor, que nace de la vergüenza ante la desnudez propia o ajena, es un reflejo casi físico entre nosotros. Nada más alejado de esa actitud que el miedo al cuerpo, característico de la vida norteamericana. No nos da miedo ni vergüenza nuestro cuerpo; lo afrontamos con naturalidad y lo vivimos con cierta plenitud –a la inversa de lo que ocurre con los puritanos-. Para nosotros el cuerpo existe; da gravedad y límites a nuestro ser. […] El pudor, así, tiene un carácter defensivo, como la muralla china de la cortesía o las cercas de órganos y cactos que separan en el campo a los jacales de los campesinos. Y por esa la virtud que más estimamos en las mujeres es el recato, como en los hombres la reserva. Ellas también saben defender su intimidad. [38]
[…]
Sobre simulación y disimulación:
Simular es inventar o, mejor, aparentar y así eludir nuestra condición. La disimulación exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar inadvertido –sin renunciar a su ser-. El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco. NO camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonría; hasta cuando canta –si no estalla y se abre el pecho- lo hace entre dientes y a media voz, disimulando su cantar. […] Quizá el disimulo nació durante la Colonia. Indios y mestizos tenían que cantar quedo, pues “entre dientes mal se oyen palabras de rebelión”. El mundo colonial ha desaparecido, pero no el temor, la desconfianza y el recelo. Y ahora no solamente disimulamos nuestra cólera sino nuestra ternura. Cuando pide disculpas, la gente del campo suele decir: “disimule usted, Señor”. Y disimulamos. Nos disimulamos con tal ahínco que casi no existimos. [46-47].
[…]
Sobre la muerte :
La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia del morir, sino la de vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta por “la vida nos ha curado de espantos”. Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto mejor. Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. Y es natural que así ocurra: vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intranscendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora. [63]
[…]
La extrañeza que provoca nuestro hermetismo ha creado la leyenda del mexicano, ser insondable. Nuestro recelo provoca el ajeno. Si nuestra cortesía atrae, nuestra reserva hiela. Y las inesperadas violencias que nos desgarran, el esplendor convulso o solemne de nuestras fiestas, el culto a la muerte, acaban por desconcertar al extranjero. […] todos coinciden en hacerse de nosotros una imagen ambigua, caundo no contradictoria: no somos gente segura y nuestras respuestas como nuestros silencios son imprevisibles, inesperados. Traición y lealtad, crimen y amor, se agazapan en el fondo de nuestra mirada. Atraemos y repelemos. [72].
[…]
A propósito de la Chingada, chingar y sus variaciones semánticas:
En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas [la Chingada es una de ellas], secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. [81]
[…]
¿Quién es la Chingada? Ante todo, es la Madre. No una madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad, como la Llorona o la “sufrida madre mexicana” que festejamos el diez de mayo. La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre. [83]
[…]
En México los significados de la palabra [chingar] son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión apenas, para que el sentido varíe. […] Pero la pluralidad de significaciones no impide que la idea de agresión –en todos sus grados, desde el simple de incomodar, picar, zaherir, hasta el de violar, desgarrar y matar- se presente siempre como significado último. El verbo denota violencia, salir de sí mismo y penetrar por la fuerza en otro. Y también, herir, rasgar, violar –cuerpos, almas, objetos-, destruir. Cuando algo se rompe, decimos: “se chingó”. [84-85]
[…]
Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a los que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de “lo cerrado” y “lo abierto” se cumple así con precisión casi feroz. [85]
[…]
El poder mágico de la palabra se intensifica por su carácter prohibido. Nadie la dice en público. […] Al gritarla, rompemos un velo de pudor, de silencio o de hipocresía. Nos manifestamos tales como somos de verdad. [85]
[…]
La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la Chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, “hijo de puta”, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, es ser fruto de una violación. [87-88]
Sobre Marina, la Malinche:
El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios, estoicos, impasibles y cerrados. [94]
[…]
[…] tampoco es de extrañar la maldición que pesa contra la Malinche. De ahí el éxito del adjetivo despectivo “malinchista”, recientemente puesto en circulación por los periódicos para denunciar a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes. Los malinchistas son los partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona. [95]
Sobre revolución mexicana:
La Revolución mexicana es un hecho que irrumpe en nuestra historia como una verdadera revelación de nuestro ser. [148]
[…]
Gracias a la Revolución el mexicano quiere reconciliarse con su historia y con su origen. [160]
La revolución fue un descubrimiento de nosotros mismos y un regreso a los orígenes, primero; luego una búsqueda y una tentativa de síntesis, abortada varias veces; incapaz de asimilar nuestra tradición, y ofrecernos un nuevo proyecto salvador, finalmente fue un compromiso. Ni la Revolución ha sido capaz de articular toda su salvadora explosión en una visión del mundo, ni la “inteligencia” mexicana ha resuelto ese conflicto entre la insuficiencia de nuestra tradición y nuestra exigencia de universalidad. [181]
En 1947, Daniel Cosío Villegas (1898-1976), figura importante en el campo intelectual mexicano, es uno de los primeros ensayistas de la primera mitad del siglo xx en hacer un diagnóstico despiadado y pesimista de la revolución mexicana, en su ensayo: “La crisis de México”, publicado en la revista mexicana Cuadernos Americanos[Cosío Villegas, 1947]. Según él, la revolución mexicana no pudo alcanzar todas las metas que se había fijado inicialmente y, por ende, se estaba agotando. La primera meta fue derrocar al régimen porfirista, la segunda, llevar a cabo la reforma agraria y crear un movimiento obrero, y la tercera, en clave nacionalista, exaltar lo mexicano y recelar lo extranjero [1947, 30]. El autor afirma: “todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin exceptuar a ninguno, han resultado inferiores a las exigencias de ella” [1947, 33]; consiguieron destruir gobiernos, haciendas, instituciones porfirianas, pero no consiguieron crear un sistema duradero de progreso socio-político. Reproduzco a continuación unos extractos significativos, precisando entre corchetes la página, de la edición de 1947, donde se hallan.
[…] todos los revolucionarios fueron inferiores a la obra que la Revolución necesitaba hacer: Madero destruyó el porfirismo, pero no creó la democracia en México; Calles y Cárdenas acabaron con el latifundio, pero no crearon la nueva agricultura mexicana. ¿O será que el instinto basta para destruir, pero no para crear? A los hombres de la Revolución puede juzgárseles ya con certeza, afirmando que fueron magníficos destructores, pero que nada de lo que crearon para sustituir a lo destruido ha resultado indiscutiblemente mejor. No se quiere decir, por supuesto, que la Revolución no haya creado nada, absolutamente nada: durante ella han nacido instituciones nuevas, una importante red de carreteras, obras de riego impresionantes, millares de escuelas y buen número de servicios públicos; pero ninguna de esas cosas, a despecho de su importancia, ha logrado transformar tangiblemente al país, haciéndolo más feliz. [34]
La Revolución Mexicana fue en realidad el alzamiento de una clase pobre y numerosa contra una clase rica y reducida. Y como la riqueza del país era agrícola, se enderezó por fuerza contra los grandes terratenientes; por eso, también, la Reforma Agraria tomó en buena medida la forma simplista de una mera división o repartimiento de la riqueza grande de los pocos entre la pobreza de los muchos. [38]
El movimiento obrero llegó pronto a ser más sólido y fuerte que el agrarista. Y algunos de los gobernantes mexicanos hicieron ensayos “socialistas” en el campo obrero, no intentados con la misma amplitud en el agrícola. [41]
[…] una general corrupción administrativa, ostentosa y agraviante, cobijada siempre bajo un manto de impunidad al qué sólo puede aspirar la más acrisolada virtud, ha dado al traste con todo el programa de la Revolución, con sus esfuerzos y con sus conquistas, al grado de que para el país ya importa poco saber cuál fue el programa inicial, qué esfuerzo se hicieron para lograrlo y si se consiguieron algunos resultados. [44]
De ahí la sangrienta paradoja de que un gobierno que hacía ondear la bandera reivindicadora de un pueblo pobre, fuera el que creara, por la prevaricación, por el robo y el peculado, una nueva burguesía, alta y pequeña, que acabaría por arrastrar a la Revolución y al país, una vez más, por el precipicio de la desigualdad social y económica. [45]
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